Palma Morena Greco, artista: "Todo lo que me nace a nivel artístico y creativo, viene del cuerpo"

Kamila Gronowska.

Por Haizea Arrizabalaga

Conocí a Palma en escena, en su versión más clown, junto a sus compañeros de la Cía “Las Neighbours”, que llevan dos años trayendo a la Floresta el teatro más canalla y atrevido. Hoy nos encontramos en ese intervalo de tiempo muerto en el que cierra el bar “La Floresteca” y abre “El Forn de l'Estació”, en esa hora extraña en la que no sabes si pedirte un café doble o una caña bien fresca. Somos un desorden de ropas pluriestacionales: botines, tirantes, cazadora, piernas al descubierto,...Dos mujeres a mitad de camino entre el verano y el otoño.

Palma posee el lenguaje de la espiral, el lenguaje de búsqueda que a menudo comparten los que han asumido el riesgo del trabajo creativo. Desde su voz de “melange”, en la que a veces se cuela la “parole italiana”, nacen repetidas veces, como dos hermanas, las palabras “límite” y “cuerpo”, el arco y la flecha del artista. Me cuenta que de niña quiso ser niño, bailarina de claqué, trabajar en una gasolinera... “Si por mí fuera, yo sería una artista 360 grados: una de esas artistas que baila claqué, toca la armónica, el acordeón, canta, hace musicales, de repente canta rock....De todas formas, ser actriz me ayuda a serlo todo sin serlo de verdad, porque si no serían quinientas vidas por desarrollar, ¡Demasiado trabajo!”, dice.

Creciste en una pequeña ciudad del sur de Italia. ¿Qué recuerdo tienes de tu infancia?

De pequeña me gustaba mucho el desafío, el tema de los límites, de ver cómo podía ser también niño. El sur de Italia es un lugar muy machista: yo veía mucha injusticia y quería ser hombre, me costaba aceptarme como una chica, sentía un límite. Somos cinco hermanas y un hermano; y con él yo sentía mucho ese lugar de confrontación, de diferencias.

Vivíamos también con mi abuela, una mujer típica del sur, muy fuerte, muy trabajadora, muy Nonna, que me contaba siempre las mismas historias y me hablaba de lo difícil que era la vida. Me decía aquello de “quién te quiere te hará llorar” (Suelta una carcajada de distancia generacional). Recuerdo la contradicción que yo vivía entre una madre que me decía que tenía que hablar en italiano y una abuela que se pasaba el día hablándome en dialecto, que en el sur era el idioma de la vergüenza, del pueblo, de la ignorancia, de la gente que no sabía hablar italiano.

Me gustaba el trabajo de mi padre. Era pintor de paredes, y le dejaban las llaves de todas las casas ricas de la ciudad. A mí me fascinaba verlo en acción en esos grandes espacios vacíos: los espacios de creación.

Con 16 años entras a formar parte de la compañía “La Barraca”, cuyo nombre alude al teatro social de Lorca ¿Qué significó aquella experiencia para ti?

En esa época yo devoraba libros, escribía, tenía una imagen de mí misma muy romántica, me sentía como un ángel caído del cielo (se ríe, irónica), y sentía la inquietud de experimentarme en otra cosa que no fuera lo que me ofrecía la cotidianidad que vivía. Por eso el encuentro con la compañía fue un flipe para mí.

Éramos una compañía del sur de Italia que partía de esa idea del teatro ambulante de Lorca, de ahí el nombre: “La Barraca”. Nuestra intención era llevar el teatro a pueblitos perdidos de la profunda Calabria, a los que a veces llegabas y decías “Esto se paró hace 50 años, por acá no pasa el tiempo”, lugares en los que a menudo encontrabas niños que no hablaban italiano o que ni siquiera estaban escolarizados.

Nuccia Pugliese, la directora, estaba enamorada del teatro danza, de Pina Bausch, y nos inculcaba la pasión del movimiento. Hacíamos un teatro política y socialmente comprometido, en una Italia donde había -y sigue habiendo- mucha mafia, mucho conformismo, mucha estructura familiar y mucha omertá, palabra que usamos en Italia para definir esa situación en la que todo el mundo sabe quiénes son los mafiosos pero nadie va a decir nada, por miedo, por conformismo –lo que aquí conocemos como la “ley del silencio”-.

La primera cosa que presentamos fue “Terror y miserias del Tercer Reich”, de Bertolt Brecht. Lo hicimos en Rifondazione Comunista, de lo más radical de ese momento, y yo con 16 años y con un trocito del monólogo de la mujer hebrea. ¡Una emoción!  Montamos también “Los Negros” de Jean Genet, que trataba sobre los temas del poder y la discriminación; y también una especie de “Romancero Gitano” que la directora montó con mucha obra de Lorca.

“La Barraca” se transformó en mi segunda familia. Mi primera familia me ofrecía cosas bonitas pero en ella faltaba algo así como una comida intelectual, una comida más del alma, de la poesía. No obstante, como en toda relación de familia, también ahí me entró una fase de ahogo. Llegó un momento en que me dije: “Creo que ya he experimentado todo lo que tenía que experimentar aquí”.

¿Cómo era el trabajo diario en “La Barraca”?

El trabajo de una compañía pequeña no es sólo el trabajo del ensayo; también es el trabajo de oficina, de ver cómo sobrevives, de pedir subvenciones, de justificarlas, de trabajar con las instituciones. Hay el trabajo del actor y después el trabajo del actor que se convierte en oficinista, que hace el vestuario, que hace la escenografía, las luces, el sonido...La experiencia en la compañía fue una formación verdadera porque fue una formación en acción.

Aprendí todo lo necesario para sobrevivir en el mundo del teatro. De hecho sigo sobreviviendo: puedo hablar con un técnico de un teatro y entendernos. Es importante saber estas cosas, a menos que trabajes para grandes empresas o compañías en las que el actor es sólo actor. Pero no es mi caso: mi elección ha sido apostar por un teatro clandestino, de raíces.

Y a los 26 años, con el impulso de experimentarte como artista, te vas a vivir a Milán, al norte, a otro mundo que nada tiene que ver con el sur.  ¿Cómo vives ese cambio?

Ir a Milán significaba abertura europea, ver espectáculos, formarme y participar en una vida cultural y artística más atractiva y amplia, pero al mismo tiempo significaba vivir en un lugar mucho más duro y contundente a nivel relacional.

En Milán, la gente te trata como si fueras una cuenta bancaria: vales por lo que ganas, o por lo que trabajas. Si trabajas de camarera para pagarte la escuela de teatro, eres una camarera y punto, no hay otra cosa. Entré en la “Academia Paolo Grassi”, una de las escuelas de teatro más importantes del país, porque quería entrar a toda costa, pero claro, yo venía de una experiencia con una compañía de teatro que era como una gran familia, un lugar en el que el arte creativo era una colaboración.

En la escuela de Milán, en cambio, el arte creativo era un mostrarse constantemente. Y yo sentía esa presión de demostrar que yo valía porque claro: si no vales, estás fuera del circuito. Esa experiencia que tenía que durar tres años, duró solamente uno. Fue muy duro a nivel emocional porque no me encontraba a mí misma en esa estructura tan rígida, no me sentí potenciada, acogida... Fue un juicio continuo. Existe una escuela de pensamiento que cree que si tú juzgas, si tú tratas mal a una persona, esa persona se motiva y saca lo mejor de sí misma. Pues bien: yo no, yo no funciono así. Bajo esa presión, me apago. Me fui de ahí dudando si seguir o no, creyéndome el cuento de que yo no valía.

Y ahí empezó tu aventura por este lado del Mediterráneo.

Saliendo de Milán, antes de irme a Granada, pasé un tiempo en Ibiza. En Milán vivía con una pareja gay muy divertida que eran también actores. Uno de ellos me dijo: “Vente a Ibiza en verano, te va a encantar, te veo ahí” Y pensé: “Si me ves, voy”. Pasé del gris de Milán a la luz y los colores de la isla. Veía todo muy bello, estaba muy despierta y abierta a relacionarme, vivía las playas, el sol, la naturaleza...Me recuperé. Había dicho que me quedaba dos semanas y me quedé dos meses.

La isla te habla claro de lo que son los límites. Las islas son como un paraíso, pero al mismo tiempo, instalan en tu cerebro la idea de que hay unos límites, de que no puedes salir de ahí cuando quieras, de que llegas a un lugar y ya no puedes ir más allá. Tuve la sensación de que estaba en el lugar perfecto para confrontarme conmigo misma, para tener un momento de introspección, de preguntas, de decirme “aquí estás tú, ¿qué haces con todo esto?”. De repente los límites que eran la isla se convirtieron en mi propio límite corporal.

Sentí que no podía regresar a Italia, y me fui a Granada, que fue una gran fiesta para curar las heridas. Ahí me prometí a mí misma que no iba a volver al arte si no volvía a sentir ese impulso visceral.

Granada era estar siempre muy hacia afuera; había ambiente artístico, pero se quedaba pequeñita: era todo muy fácil en ese lugar recogidito y bello. Sentí de nuevo lo mismo que al final de los tiempos con “La Barraca”. De pronto me dije: “¡Ay! Aquí no voy a crecer. ¡Quiero más!”. Conocí a Denise Perdikidis, una coreógrafa con la que estuvimos trabajando en algo performativo, y me animó a venir a estudiar a Barcelona. “Tienes algo, Palma, tienes mucha inquietud artística, y tu cuerpo te responde. ¡Sigue!”, me dijo. Había pasado muchas veces por esta ciudad y siempre había sentido que en algún momento de mi vida viviría aquí. Llegué a Barcelona teniendo claro que quería seguir.

En tu recorrido vital se ve cómo estás siempre en un tira y afloja constante con el teatro, y sobre todo, con la danza; en un “ahora sí”, “ahora no”, pero al final siempre están regresándote.

Cuando trabajas con el arte, te encuentras muchas veces en un lugar de confrontación. Tenía claro que no quería ser bailarina. No quería la danza en sí, ni tampoco estar en el mundo de la danza, porque es un mundo muy duro: los bailarines se tratan muy mal a sí mismos, tienen una disciplina muy bestia y hay un trabajo corporal muy fuerte.

Pero me pasa que tengo mucha conexión con el cuerpo; de hecho todo lo que me nace a nivel artístico y creativo, viene del cuerpo. Yo, lo que quería, era descubrir el potencial del cuerpo. Por eso siempre regresan el teatro y la danza.

Y cuando llegas a Barcelona, regresas al cuerpo desde la danza.

Empecé con Andrés Waksman, que tiene un laboratorio de creación que se llama “Alas”. Vi, en el Mercat de les Flors, por casualidad, un espectáculo que había hecho junto a una mujer italiana, y pensé: “Quiero hacer un espectáculo así”.

Recibí una beca de “La Poderosa”, y empecé a crear mi primer solo: “Yo piedra que quiere ser agua”. El primer impulso fue contarme a mí, en una pieza medio autobiográfica, más performativa, mucho más hermética, con mucha más danza. Luego llegó el clown y la pieza evolucionó.

¿Por qué “Yo piedra que quiere ser agua”?

Porque yo estaba en ese estado emocional de sentirme piedra, de sentirme estática, de no movimiento, de no generar. En el título está ya todo: es el deseo de fluir, de ser otra cosa, de poder encontrar ese lugar de creación, de lo emocional; ese lugar femenino de lo transitorio, en el que el agua nunca es la misma y nunca tiene una forma específica. La piedra, en cambio, es específica, tiene una forma, aunque bueno, el agua, con mucho tiempo puede trabajarla, limarla.

En “Yo piedra”, hablas desde un lugar de deconstrucción de la imagen de la mujer en todas sus facetas.

En mi trabajo hablo mucho de las mujeres. En primer lugar, porque lo soy, y en segundo, porque es un universo que conozco muy bien, porque lo he vivido mucho. El sur de Italia es un lugar muy duro para las mujeres: llegan a una edad, se casan, tienen hijos....toda esa dinámica que ya conocemos, ¿no? Pero claro, si eres algo diferente, si tienes otros objetivos e inquietudes, es más complicado. La gente te va observando, te va aceptando, pero en el fondo te sientes siempre como una inadaptada.

“Yo piedra” empieza con un monólogo que dice “Soy una mujer moderna, libre e independiente, soy patrona de mi vida....”, y ahí hay una mentira, porque, ¿Qué significa ser moderna y estar al paso del tiempo hoy en día?

A menudo tengo respuestas por parte de mujeres, y a veces también de hombres, que me dicen que se han sentido muy proyectadas en alguna escena, o que se ríen mucho, porque claro, éste también es un lugar de reírnos de nosotras mismas. Desde que entró el clown en mi vida, me atreví a contarme a través del humor, de la risa, del juego, sin ser pesada, sin tener que decir cosas como “No, esto no se hace”. Estamos todos un poco en lo mismo: quién más quién menos; venimos de dónde venimos, existe una construcción social. Para mí el lugar del artista es ese: reportar la historia personal a un lugar que se transforme en algo universal.

Después de “Yo piedra” vino “Funamboli”, tu segundo montaje.

Sí, “Funamboli” fue una pieza que monté junto a Iolanda Rincón. Una pieza de movimiento muy poético sobre el encuentro de dos personajes muy peculiares, e inspirada en el “Tratado del Funambulismo”, de Philippe Petit, funambulista francés famoso por su paseo en la cuerda floja entre las Torres Gemelas de Nueva York.

Y en 2008,  creas junto al colectivo de artistas “Il quarto stato”, la asociación cultural multidisciplinar “El Colmado”.

“El Colmado” era un espacio en el corazón del Raval, en una esquina entre la calle de la Cera y otra calle cuyo nombre no recuerdo ahora. Era un ex-colmado abandonado, un lugar antiguo que mantenía la esencia de colmado. El colectivo de “El Colmado” estaba formado por artistas de diversas disciplinas: un chico ilustrador, otro que se ocupaba de la creación de sonido, otro que era restaurador y que hacía títeres, otro que era músico, yo que estaba con el teatro, etc.

Ahí pasó de todo: se creó el colectivo “Poetas de Barcelona”, hacíamos noches de poesía en las que el local desbordaba de gente, y formamos también la Cía Las Enclownadas, que éramos tres artistas italianas que hacíamos un cabaret que se llamaba “La noche de los pezones locos”. La gente hacía cola fuera para entrar.

Juntos creamos también un proyecto que se llamaba “Biografía en movimiento”, que contaba historias en movimiento en diversos lugares públicos del barrio del Raval. Fue un proyecto que duró tres años e iba en paralelo con la vida de “El Colmado”. Estábamos muy involucrados con la vida social y cultural del barrio: conocíamos a los niños, a la gente... ¡Fuimos muy ravaleros!

Pero como todo proyecto auto gestionado, auto financiado, sin ayudas, en esta ciudad, acabó muriendo, después de cinco años. Fue una experiencia de las más bellas.

Esa fue una época tuya absolutamente clown.

Sí. Creo que cada actor debería hacer clown. Para mí fue un lugar de gran aprendizaje y liberación, un regalo para mi voz, un trabajo que me ayudó a liberar la emoción, a aceptar mi vulnerabilidad, mi fragilidad, mi ingenuidad.

En un momento dado, sin embargo, sentí ganas de volver a eso de... (Hace una pausa, respira): teatro. Eso de...  (Otra pausa, vuelve a respirar): ¡teatro, teatro, teatro!, no sé cómo decirlo (la Palma clown sale hasta en la mesa de un café).....teatro. Hay una cosa que es el teatro y... (Toma aire) ¡No hay ningún lugar como el teatro!

Conocía varias personas que estudiaban en “El Laboratorio” de Jessica Walker. Tenía ganas de estar de nuevo en grupo grande, ver qué sentía compartiendo otra vez, sentir la tribu.

¿Cuál fue el aprendizaje en la escuela de teatro “El Laboratorio”?

“El Laboratorio” es una escuela muy peculiar cuyo planteamiento me parece muy sabio: si te conoces, si conoces lo que eres, cómo eres, cómo reaccionas, tu trabajo como actor puede ser mucho más verdadero, mucho más real, mucho más profundo.

Trabajar con Jessica, que es medio chamana, que tiene un trabajo muy desde las entrañas, y que es pura improvisación en escena, me ayudó a coger herramientas de seguridad y sobre todo, de presencia, y me sirvió para reconciliarme con el teatro, para volver a quererme dentro del contexto teatral.

En “El Laboratorio” se trabaja mucho desde el momento presente, desde el no juicio, desde la observación. Si te bloqueas, lo aceptas, incluso dices “Me he bloqueado”, pero no te instalas en el bloqueo, sino que buscas estrategias para que eso no sea algo frustrante.   Aprendí a vivir el bloqueo como posibilidad de otra cosa, aprendí a trabajar con lo que hay y no con lo que me gustaría que hubiera. El teatro es un presente continuo: no está en el futuro, no está en el pasado.

Me queda en la memoria la voz de Jessica diciéndome: “Trabaja, trabaja, trabaja”.

Y entonces te lanzas a formar la compañía “Fholia”, palabra italiana cuyo significado expresa todo.

Fholia” es una palabra en dialecto del sur que un día busqué, por casualidad, en el diccionario. Tenía un sonido interesante. Cuando vi lo que significaba, me abrió el corazón y la adopté. “Fholia” significa “nido”. Para mí una compañía es eso: un lugar recogido, de construcción, de ramita a ramita, en conjunto, con la aportación de cada uno. Además, “fholia” suena también como “follia”, que en italiano significa “locura”, y suena un poco como “folha”, que significa “hoja”. Era una palabra que me sugería muchas cosas.

Con “Fholia Teatro”  te aventuras a dirigir una primera producción titulada “Naturaleza muerta con fondo blanco”, que fue seleccionada como finalista en el TNT de Sevilla, justo cuando acabábais de estrenar.

Sí. Había tenido una experiencia como directora, y es un lugar que me llama mucho la atención. Llevaba tiempo pensando en montar la obra “La voz humana”, de Cocteau. Me venían imágenes, me obsesionaba... Y cuando acabé el segundo año en el Laboratorio, al plantearme si hacer o no el tercer año opcional, me dije: “No, voy a empezar a trabajar con todo esto que me está obsesionando”. Me puse manos a la obra y empecé a trabajar este espectáculo que se llama “Naturaleza muerta con fondo blanco”, que es mi versión de Cocteau.

La obra de Cocteau es un monólogo de una mujer que habla por teléfono con su ex-amante. Lo que me interesaba del texto eran sobre todo los silencios entre conversaciones: nunca sabíamos qué decía el hombre al otro lado. Es la historia de un amor que se acaba, y ella a lo largo de la conversación se va desangrando lentamente como un animal, hasta que, al final, se ahorca con el mismo hilo del teléfono. Es una muerte muy simbólica, pues se mata con el hilo que conecta a los dos.

Yo quería reproducir en este espectáculo el lugar de la mente de esta mujer, es decir, la experiencia de una persona que se queda atrapada en algo, en un lugar de no-tiempo, de no-espacio, de la nada, donde ella está atrapada en su propia habitación y no tiene fuerza ni para salir ni para estar; un lugar intermedio, como una especie de purgatorio. Toda la obra está basada en un trabajo de suspensión, de una respiración que se suspende hasta el momento de la revelación final. 

Hice una conexión con “La última cena” de Leonardo da Vinci, el banquete en el que Jesús dice “Alguien me ha traicionado” y ahí se revela toda la verdad. Ése es el último banquete, y en “Naturaleza”, esa es la última llamada: ambos lo saben. Es ese lugar de “lo último”, del cierre, de algo que está a punto de llegar, de una luz que se va haciendo grande hasta revelar la verdad.

El color del espectáculo es blanco, pero es un blanco deslumbrante, como el momento en que abres las ventanas y pasas de la oscuridad, del no saber, a la luz, aunque  todavía sea un ver que no te deja ver.

Ya lo dijo Octavio Paz: “Demasiada luz es como demasiada sombra: no deja ver”.

Exacto. En “Naturaleza”, hay un coro de cinco mujeres y un hombre. Cada mujer es una parte de la misma mujer, porque en el monólogo de Cocteau ella pasa por diferentes fases. Cocteau las llama “la fase del perro”, “la fase de la locura”, la “fase de la dependencia”, etc. Yo la expresé como esta mujer que se rompe, que se fragmenta en pedazos, como si fuera un vaso de cristal, y que al final, se vuelve a reconstruir. Para mí, la muerte que plantea Cocteau es una muerte fénix, una ruptura que crea un nuevo comienzo.

¿Qué recorrido sigue actualmente la Cía “Fholia Teatro”?

Actualmente “Fholia” sigue con varios proyectos: está “Ammore Mmio”, que es un proyecto sobre los recuerdos con mujeres de todas las edades,  está también “Espacios Íntimos” que es un laboratorio de creación teatral que tiene una duración de un año, donde las personas que vienen desarrollan un proyecto creativo personal, un solo, con tiempo para ver qué surge, qué quieren trabajar, cómo lo quieren contar, qué lenguaje quieren usar, la estructura del espectáculo, todo. 

Paralelamente a “Fholia”, recién llegada a la Floresta, nace también, junto a Félix Moreno y Natalia Tudela, el proyecto “Las Neighbours”, un proyecto de cabaret, muy enriquecedor para seguir alimentando mi parte clown y volver a compartir el arte con el barrio. También trabajo como actriz con la Cía “Químical Project”, de Leonardo Moscoso, en el montaje de “Criminal”. 

Notícies relacionades